lunes, 29 de noviembre de 2010

Ventana sobre la frustración imaginaria

Cuando la gente habla mucho, deja de escuchar, claro, suena a frase repetida, o baratija sacada de libro leído una y otra vez por la tía que paga la entrada de Luismi, pero no, no estoy hablando de eso.
Cuando la gente habla mucho, escucha más.
Escucha el ruido que hacen los demás mientras habla, el suspiro cansado, el mal humor atrás de las papas fritas, que para mi gusto les faltaban cinco minutos más de cocción, escuchan lo que no se dijo nunca, lo que ni siquiera se pensó, se arma una interpretación del vacío, llena, pero repleta de cosas con olor a tristeza, se arma un mundo, se pelea hasta con el mantel naranja porque no cumple su función, maldice al que le dijo, lo que nunca le dijo.
Se levanta enojado, ofendido, maltratado, y se encierra con su libro cansado de ser leído una y otra vez y nunca escuchado, nunca logra terminarlo.
No se va a dar cuenta, nunca pero nunca, y le digo, se lo digo hace años.
Resulta que toda la tormenta fue en vano, al final de la cena levantó la vista y estaba completamente solo en la cocina.
Si dejara de hablar, de dictar cátedra, imponer y pisar, escucharía menos.
Escucharía que nadie trata de pisarlo, escucharía que la mujer que se sienta a su derecha le repite que si, una y otra vez, porque está cansada, escucharía que nunca me gustó el pollo al horno, que la señorita con el pelo del color del sol ya habla tres idiomas, dejaría de ponerle azúcar al mate cuando me convida uno. Encontraría la respuesta a todas sus preguntas y exigencias.
Nunca, nunca lo va a entender, escuchar ya no es callarse para que el otro hable.
Siempre pide que le hagamos un lugar.
Escuchar es hacer un lugar.

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