Del principio al final, el camino al pozo, lentamente se va deshaciendo, se van destejiendo los lentes de colores que fuimos creando para adornar un presente plagado de pasado y un futuro en el que nunca nadie pudo creer del todo, los lentes se van decolorando y cayendo hasta romperse en mil pedazos astillosos que se clavan en las manos y dejan los ojos vidriosos, los ojos con los que se vio tanto y tan poco y con los que ahora logramos ver que hay poco, de tanto que soñamos, claridad amor a cuatro manos que ya están astilladas y no quieren más, que esperan una venda que viaja en tren invisible y no paga boleto, una cosa que nunca va a llegar, un gesto de reconocimiento, una sonrisa porque si, un lugar sin nombre, un lugar porque si, querer y no deber.
Tren invisible, una cosa que apaga el alma y aclara la vista que ya no distorsiona.
La incógnita inevitable, y la luz al final del túnel, que probablemente otra vez termine siendo un tipo ridículo con una vela que solo alumbra su rostro sin rostro, entonces calesita y las manos me duelen y la vista me grita que ya tengo otra astilla.
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